Elena Benito Lara – Psicología

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Cuando el miedo llegó

Luz del sol

Un torbellino de emociones y sentimientos recorrer mi cuerpo al enfrentarme a
las situaciones diarias más simples para cualquiera, pero como si de una
montaña se tratara en mi caso. Las emociones dan paso a una serie de
pensamientos que me invaden, que revolotean mi cabeza, entran y salen y no
consigo controlar. Pensamientos intrusivos, rumiativos, negativos, … que ponen
de relieve mis miedos, mis preocupaciones e incertidumbres y visualizo las
situaciones de forma tan real, cogen forma, color e incluso sonido y las sufro en
el presente, aunque en realidad se conscientemente, que no son propias, que
son creadas por mi estado de malestar, mi miedos, pero eso no impide que sufra,
que sienta dolor ante un futuro que parece desolador, que mi corazón se acelere
y mi respiración se agite y me prepare para responder ante una situación
peligrosa que realmente no existe es creada por mi estado de ansiedad.
Lo importante, es que ya conozco las sensaciones que experimenta mi cuerpo
ante determinadas situaciones de mi vida diaria, a veces no sé porque ocurre,
pero aprendí a reaccionar ante ellas, aprendí que las emociones son propias,
que los pensamientos parte de mí y por ello, tengo la capacidad de controlarlos,
que la ansiedad no es mi enemiga, sino una emoción necesaria de supervivencia
que se activa ante el peligro, pero en mi caso debo educarla para que aparezca
en las situaciones reales no en las imaginas, que debo sufrir por lo que sucede
en el presente y no por lo que anticipe. Qué esté en mi cabeza no significa que
tenga que ocurrir y se escape a mi control, sino que he de parar, respirar y volver
al presente, mirar mis pies apoyados en el suelo con firmeza y creer que los
próximo pasos serán lentos pero razonados, porque los pensamientos igual que
vienen se van, que igual que me recuerdan mis temores, soy capaz de razonarlos
y percibir mis fortalezas.
Sobre todo me recuerdan, que el miedo es libre, que es otra emoción más, tan
necesaria como otras y que no debo permitir que me limite sino que me enseñe
la realidad y ser precavida en mis decisiones, conociendo las consecuencias de
mis actos y exponerme a nuevas metas y retos. Dado que evitar por temor,
miedo, incertidumbre… hace que crezca mi estado de angustia y tristeza, me
hace pensar que no tengo capacidades o recursos y me genera un visión
negativa de mis misma, incluso me hace de dudar ante las decisiones más
simples y me vuelve un persona insegura, que acude otros para poder tomar
decisiones simples, complejas e importante, cualquiera de ellas, me incapacita.
Por eso aprendí, que exponerme, es crecer emocionalmente, es superar
barreras, es creer en mi persona, recuperar mis fortalezas y tener una imagen
positiva y real de mi misma, una autoestima sana, que cada paso que doy me
recuerda que es posible superar, aunque sean pasos lentos y cortos, pero sigo
caminado. Aunque a veces, pare y me bloquee, recuerdo de nuevo que en todo
camino es necesario descansar y volver a parar, respirar y razonar, porque todo
en un día no se consigue y todos los caminos no se andan el mismo día. Aprendí,
que convivimos con la ansiedad, las emociones, sentimientos y son tan
necesarias como cuidar mi salud física, que son parte del mismo cuerpo, que
van unidas y si una está bien cuidada la otra también. Que al igual que fomento
una dieta saludable, fomento la gestión y control emocional, que al igual que
fomento una vida activa a través del deporte, fomento la descarga psíquica en el
movimiento de mi cuerpo.
Sobre todo aprendí, que la salud mental se refleja en mi salud física, que los
latidos rápidos de mi corazón, la sensación de asfixia en mi garganta, mi
pensamiento acelerado, mis dolores musculares, la opresión en mis pecho o el
nudo en mi estómago son producto de las emociones no gestionadas ni
atendidas de forma correcta, dejadas de lado, sin más, sin importancia, pero que
no las atienda no significa que desaparezcan sino que con el tiempo vuelve con
más fuerza, tanta que me obliga a prestarle toda la atención que antes no le
puse, me para en seco y me hacer ver la vida desde otro punto de vista que quise
negar por no detenerme, no darle importancia o por las prisas de la vida.
De esta forma, cuando llegó a mí el torbellino de emociones y sentimientos, por
primera vez, sufí, me angustie, pero pronto comprendí que era un proceso de
aprendizaje para enseñarme que he de parar, prestarles la atención que se
merecen y buscar en mi persona las estrategias necesarias para convivir con un
miedo racional y necesario, pero que no limite mi vida diaria y todo no sea en mí
una respuesta ante un peligro, comprendí que vivir en el futuro no era la mejor
opción, pue me estaba perdiendo el presente y estaba sufriendo por situaciones
y momentos, que quizás jamás ocurrirán. Que estaba capacitada para tomar mis
propias decisiones y eran tan validas como las de mi entorno y así poco a poco,
con paso firme, subidas y bajadas, descubrí que podía llegar a la cima de la
montaña y mi vida no era tan difícil, sino que le di al miedo el valor que me quité
a mí misma y en el momento que fui consciente de todo ello, descubrí que el
miedo forma parte de mí y mi valía de la construcción que haga de ella.

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